Para no olvidar

En estos días, miles de mexicanos salen a las calles y se expresan en diferentes medios, pero sobre todo en las redes sociales, para impedir que se pierda el interés por dos eventos de triste memoria.

El primero es la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, ocurrida un 26 de septiembre hace dos años. El funesto acontecimiento desató indignación y revuelo, no sólo en México, sino en prácticamente todos los países que mantienen relaciones diplomáticas y comerciales con nuestro país, así como en todos los lugares donde residen nuestros connacionales.

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Después de cientos de protestas, recomendaciones y llamados de organismos internacionales, intervenciones de distintas comisiones investigadoras y destituciones de funcionarios, aún no conocemos la verdad respecto a lo que sucedió esa noche y las víctimas están lejos de recibir justicia.

Por una extraña y terrible coincidencia, el segundo acontecimiento que se recuerda en estos días es la matanza de estudiantes acaecida el 2 de octubre de 1968 en la plaza de Tlatelolco. Aquella fue una tremenda muestra de autoritarismo y brutalidad por parte de las fuerzas del orden, así como de la incapacidad de un gobierno supuestamente democrático para escuchar a sus ciudadanos y atender las inconformidades por la vía del diálogo.

La masacre de Tlatelolco dejó una de las más graves heridas que el país ha sufrido en su historia reciente y quizá en virtud de esa gravedad fue que se imprimió con fuerza en la memoria de los mexicanos, particularmente de los jóvenes. “¡2 de octubre no se olvida!” es la consigna que más se pronuncia en cada marcha conmemorativa y la mayoría de los ciudadanos tienen por lo menos una idea de lo que pasó ese día o del porqué de las manifestaciones.

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Entonces, ¿por qué la historia se repitió, con recrudecida violencia, en Ayotzinapa?

William Soto Santiago, un activista por la paz, cuyas actividades son muy conocidas en Colombia y otros países de Sudamérica, señala que un pueblo no puede transformar su presente ni planear su porvenir, si carece de un conocimiento claro de su historia. Ese conocimiento no implica sólo memorizar fechas, aprender consignas y participar en ceremonias. Requiere un estudio profundo del pasado para entender los orígenes, las causas y las repercusiones de los acontecimientos; también supone tener el conocimiento más profundo y detallado posible de quienes participaron en ellos.

De acuerdo con Soto Santiago, sólo un estudio consciente y dedicado de nuestra historia puede ayudarnos a entender las causas de los problemas que nos aquejan y a plantear soluciones, para evitar que vuelvan a afectarnos. La tragedia de Ayotzinapa, desmesurada reproducción de lo ocurrido en Tlatelolco, nos muestra que todavía no tenemos esa comprensión profunda de nuestra historia y, por tanto, que tampoco tenemos claro el porqué de nuestra situación actual. Recordamos la fecha y las proclamas, pero se nos escapa la esencia y el significado de lo que sucedió.

¿Qué hacer, entonces, para no olvidar? Sí, ayuda el manifestarse, salir a las calles y hacer que la sociedad dormida por lo menos despierte y voltee a vernos. Pero también hace falta leer e investigar, ir más allá de las redes sociales para reunir información y escuchar a quien puede y desea compartir su experiencia. Sólo así se conseguirá que eventos como el del 2 de octubre o Ayotzinapa no se olviden, pero sobre todo, que no se repitan.

La diplomacia

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Fuimos el día de ayer a uno de los hoteles en México DF, donde tienen verdaderamente todo para hacer a un huésped sentirse más cómodo que en su casa, además de tener todas las instalaciones para hacer todo tipo de eventos públicos y privados con el mejor servicio, dándole toda la profesionalidad al lugar.

En uno de aquellos hoteles se llevó a cabo una conferencia internacional sobre la importancia de la diplomacia en el clima político y desarrollo mundial.

La conferencia era una que contaba con cuatro módulos sobre el orden diplomático, que fueron impartidos por varios ex embajadores de algunos de los países más influyentes en el desarrollo político mundial.

Todos los expositores me resultaron muy interesantes y sus temas de suma relevancia; sin embargo, hubo uno en especial cuyo tema me llamó más la atención, simplemente porque es uno del que no nos hablan todos los días, mucho menos en la esfera civil.

Se trataba del código de protocolos diplomáticos entre funcionarios de los miembros del cuerpo de relaciones exteriores, un módulo que fue impartido por el ex embajador de Francia en China, alguien que además ha visto y hecho mucho en su vida por su país.

El embajador nos dice que una de las principales formas de iniciar bien una negociación diplomática es refiriéndose a sus colegas de otros países de una manera formal y respetuosa, siempre utilizando los protocolos se su país cuando uno se encuentra en él, por lo que siempre se debe de estar informado sobre todo tipo de usos y costumbres del país que se visita.

Internacionalmente hablando, es preciso saber que nunca hay que referirse a alguien por su primer nombre, sino siempre por su título y apellido, de la misma manera que nunca hemos de presentar a nuestras esposas o esposos por su primer nombre, aunque se está hablando con el servicio doméstico de una casa.

A su vez, es siempre necesario referirse a los embajadores  como “Su Excelencia”, mientras que a cualquiera con un rango más bajo a éste se les dirá Señor o Señora.

En el caso en que se esté hablando con personajes de títulos nobiliarios, es necesario

(a menos de conocerse muy bien), hablares por su título adecuado, tanto al aristócrata como a sus esposa.

Es decir, si se está hablando con un Conde, es necesario referirse a su esposa como Condesa, seguido por el lugar o provincia de donde provenga el título; por ejemplo,

“Duque de Edimburgo” o “Príncipe de Gales”, esto sólo si se le está refiriendo en tercera persona, de lo contrario es suficiente con “Su Excelencia”.

La comunicación es la base de la negociación y el respeto es aquello que la hará efectiva; la falta de éste puede terminar con un desacuerdo absoluto y con una falla en las negociaciones; ergo, fallar en los objetivos.

Esto no solamente se reduce a las esferas diplomáticas, sino en la vida civil también, ya que el respetar es una obligación de todos y el ser respetado, un derecho universal.