El pan de cada día

En su conocida obra Queer (1985), el escritor y ensayista estadounidense, William Burroughs (1914-1197), presenta una sombría visión de México (y de la condición humana en general, valdría decir).

Tanto Burroughs, en su introducción a la novela, como los personajes de la misma describen un lugar que recuerda las películas del Viejo Oeste, donde la discusión más insignificante puede culminar en un duelo a muerte.

Burroughs

En el México que emana de esas páginas, y acaso en el que viviera el propio autor, todos parecen tener acceso a distintos tipos de armas y ser propensos a extraños y terribles accesos de cólera.

La primera vez que leí la obra, pensé que había un dejo de exageración, posiblemente influenciado por ciertas películas del cine nacional, en las que la solución de los problemas a balazos o a golpe de machete, eran la nota dramática o cómica que animaba la trama.

No obstante, diversos periódicos de la época que retrata la novela y la propia experiencia de Burroughs en México bien podrían desmentirme, pues los extraños homicidios o accidentes que terminaban en tragedia daban continua materia para las historias de la nota roja.

Lo que sí puedo afirmar, con absoluta certeza y no sin desaliento, es que las descripciones literarias y periodísticas de la violencia en el siglo XX mexicano se quedan cortas con lo que sucede en nuestros días.

Es prácticamente imposible hojear un periódico o navegar por las secciones de un portal de noticias sin encontrar la reseña de un asalto, que además se llevó a cabo con lujo de violencia; o bien de un secuestro, sea real o virtual, pues la delincuencia también ha sabido manipular la constante intranquilidad y sensación de peligro que acompañan a todos los ciudadanos.

Tampoco es raro que actos que inician con pretensiones pacíficas, como las marchas en favor de una causa o en contra de una medida arbitraria, den pie a crueles conflictos, iniciados por la represión de las autoridades o la impertinencia de los ciudadanos.

Quizá lo más grave de todo es que esa violencia se ha infiltrado en ámbitos a los que antes no llegaba o en los que no se manifestaba con tanta crudeza. Uno de los casos más alarmantes es el del acoso en las escuelas. Hoy en día, las “bromas” van más allá de una nota burlona que se pega en la espalda de un compañero, o un apodo poco agradable, que se mofa de las características más inusuales de las personas. El llamado bulling ha llegado a causar auténticos daños físicos y psicológicos en los niños, y lamentablemente, ya ha provocado más de una muerte.

Decía un personaje de Burroughs que, en tanto extranjero, no temía por su vida en México. Puede que los mexicanos odiaran a los gringos, pero cuando se trataba de actos violentos, era más probable que los cometieran contra sus propios paisanos; peor aún, los crímenes más cruentos eran cometidos por un familiar o por el mejor amigo.

Esta lamentable observación continúa reflejando parte de la realidad. Pero también es un hecho que ahora cualquier persona puede ser víctima de un acto delictivo. Pasiones como la frustración o el odio no son las que desencadenan los crímenes; ahora estos se comenten porque son una fuente de ganancias y las víctimas ya no son enemigos o rivales, sino simples medios para obtener un fin económico.

Frente a este álgido panorama y la incapacidad de las autoridades para controlarlo, las personas recurren a soluciones como la contratación de empresas de seguridad privada en México. Sin embargo, por más que nos acoracemos en nuestros hogares o al ir y venir por la ciudad, la incertidumbre y la inseguridad no cesarán hasta que no se reconstruya el tejido social que ha sido tan gravemente deteriorado durante décadas.